Escritor, filósofo, pensador, filólogo, maestro, actor, dramaturgo, poeta… sus valores deberían servir para sacar al mundo del atolladero (Foto: Zona Henares)


  • Luis R. Antona

Escritor, filósofo, pensador, filólogo, maestro, actor, dramaturgo, poeta… Cuando uno tiene la suerte de coincidir con el humanista y vecino de San Fernando José Pons (Madrid, 1952), el tiempo se detiene y la mente se traslada como por arte de magia a otra época, a otro mundo, donde rigen la reflexión, el amor, la empatía y, en definitiva, esos valores que deberían sacar a la humanidad del atolladero. 

Premio al mejor Actor en el Festival Nacional de Rivas en 2005 por la interpretación de su obra Omo; primer Premio de Poesía de San Fernando de Henares en 1997 con El libro de los animales; primer Premio de Poesía de ‘La Bufanda’ de Coslada en 2004 con El Edificio inverso; cofundador de Tertulia 7 y de la revista anual Cuaderno 7; miembro de la Asociación de Autores de Teatro; miembro de la Asociación Colegial de Escritores; fundador del Grupo de teatro Talía 97; autor de novelas como El hombre agujereado (2012), Diario de un superviviente de la crisis (2019) y un largo etcétera guiado por la pasión y por las ganas de mejorar un mundo en el que no siempre caben los poetas. 

Zona Henares. El mejor poeta que yo he conocido en persona se llamaba Juan Vasco. Era mi suegro. Me enseñó que existen personas capaces de ver más allá de lo que somos capaces de percibir el común de los mortales.   

José Pons. Bueno. Es verdad que hay gente capaz de ver más allá. Esa gente hace falta.   

ZH. Hablemos primero de su faceta como maestro. Corrían los primeros años 70 y era profesor de Literatura en un sistema educativo en el que muchos profesores tenían las manos muy largas.

JP. Llámame de tú, por favor. Sí, así era. Yo empecé como profesor en 1973, con apenas 20 años. Mi vocación era constructiva y de acercamiento. Ese espíritu me ha acompañado hasta los 65 años, cuando me jubilé. Para educar lo que hace falta es abrir las mentes, hacer que la gente vea que hay otros mundos y que hace falta pensar. Eso es, precisamente, lo que nos enseña la Filosofía. 

ZH. Y la educación es la base de todo…

JP. Y como los que mandan lo saben, es por lo que la dirigen como la dirigen. No les interesa que haya un pensamiento crítico. Es necesario que las asignaturas permitan a los alumnos crear estructuras mentales. La educación no puede servir para hacer dirigismo, no puede ser una excusa para decirle a los alumnos “tienes que hacer esto, tienes que hacer lo otro porque sí, porque yo lo digo”. 

ZH. Pero es más cómodo decir ‘vamos a seguir a pies juntillas lo que dice este libro de texto’ o un ‘no me discutas’. Al final al profesor, con el planteamiento que tú haces, lo que se le exige es una capacidad de reflexión que haga pensar a los alumnos. Y eso es complicado. 

JP. Claro, lo necesario es buscar la excusa para hacer pensar a los alumnos. Cualquier instrumento es bueno para hacer pensar: matemáticas, lengua, latín…. si lo sabes utilizar. 

Yo lo primero que buscaba era que ellos vieran que yo no era una figura alejada. Para que los alumnos se puedan desarrollar hay que partir de un ambiente acogedor. No que los alumnos te vean como alguien que está en el pedestal. Ellos tienen que saber que tú te puedes equivocar, pero que ellos también se pueden equivocar. Y que la visión única no es la suya, como tampoco lo es la mía. Si yo empiezo por decir ‘esto es la visión’, él lo que va a aprender es ‘yo como individuo tengo que llegar a ser como el profesor, que tiene una visión única’. La idea es ‘yo me equivoco, me voy a equivocar, pero tú también te vas a equivocar’. Para eso los alumnos deben sentirse a gusto.

ZH. ¿Cómo ha sido la evolución de la educación desde el año 73, cuando tú empezaste, hasta 2017, cuando te jubilaste? 

JP. Pues por una parte muy positiva. Veníamos de una situación en la que estudiaba muy poca gente. Entonces hubo un boom tremendo, creció la enseñanza pública y hubo una ventaja extraordinaria. Estábamos tratando de equipararnos a los países de nuestro entorno. 

Pero luego ha habido tantas cortapisas, tantos recortes…

ZH. ¿Cómo disfrutas más, como profesor o como escritor? 

JP. La felicidad que te produce la escritura es de otro orden. Pero es verdad que como profesor se pueden salvar vidas. Te pongo un ejemplo: la iniciativa de la Policía Tutor de Coslada. Yo al principio no terminaba de ver esta propuesta. Pensaba ‘¿la Policía dentro de las escuelas?’. Pero ahora me parece una maravilla. La Policía Local está en la base de la ciudadanía, de la convivencia y, desde la colaboración con los profesores y con los servicios sociales, hemos levantado chavales que podían haber terminado siendo delincuentes. Estoy seguro de que muchos chavales han entrado en la vida de adultos de otra manera diferente gracias a esta labor. Porque para estos chicos hasta sus padres son un motivo de desconfianza. 

ZH. Pero como escritor también se pueden transmitir valores…

JP. Sí, y yo creo que mi problema es ese. Quizás he intentado ser demasiado mesías. Nadie quiere que le critiques y mi literatura es compromiso. Desde el más pequeño de los cuentecillos. Intento que todos sean enseñanzas morales. Empezando por el lenguaje. Un cuento, por ejemplo, es una oportunidad impresionante para los padres y los hijos. Pero siempre me he negado a rebajar el nivel del lenguaje. Intento siempre hablar de solidaridad, amor, respeto al prójimo, igualdad, injusticia… Te pongo un ejemplo. Mi obra El solar de las estatuas, en la que hablo del compromiso, de cómo nos movemos. Las personas me recuerdan a esas estatuas que ves por Madrid, que les echas una monedita y empiezan a moverse. ¿No estamos haciendo todos los seres humanos lo mismo? 

ZH. Pero la vida de la gente es levantarse por la mañana temprano, ir a trabajar, a lo mejor meterte a diario en un atasco, aguantar diez horas a un jefe mediocre, volver a casa agotado, bañar al niño,… ¿Y qué hora es? Las 9 y media de la noche. ¿Qué espacio queda para la reflexión?

JP. ¿Acaso no están las cosas perfectamente establecidas para que no puedas pensar? 

ZH. Yo te escucho y tu planteamiento me recuerda al de José Luis Sampedro… Él hablaba del miedo. Decía que es la herramienta más poderosa para controlar a las personas. Ponía un ejemplo: si tú amenazas a un hombre con la muerte, pero luego no lo matas y le dices ‘sólo te voy a dar 100 latigazos’, el hombre pensará ‘uf, que bien, no me va a matar’. Al final, el sistema tiene muchos mecanismos para dominarte. 

JP. Mira, cuando se produjo el abandono de la gente de la Cañada, sin suministros, sin luz, se me vino a la mente una reflexión. Imaginé a un hombre frente a un juez. El magistrado le preguntaba al individuo por qué quemaba libros, a lo que éste contestaba ‘porque arden bien, porque son fáciles de coger de las bibliotecas y las librerías y porque teníamos mucho frío’. Entonces, el juez sentencia: ‘Condeno a este hombre por competencia desleal contra las energéticas’. 

También se me viene a la mente otra historia que escribí, la de la madre en Siria que llevaba a su hijo pequeño herido entre sus brazos. Entonces, la madre ve a un casco azul de la ONU y le ruega que, por favor, haga algo humano con ellos. Entonces, el casco azul coge una pistola y les pega un tiro: “Es lo único humano que podía hacer por vosotros”, espeta, antes de marcharse.   

¿Qué le pasa al mundo y a las personas para haber llegado hasta este punto?  

Yo leía hace poco que si Adam Smith, el padre del liberalismo, viviera ahora mismo, se echaría las manos a la cabeza con el actual neoliberalismo salvaje, inhumano, brutal… esto no tiene nada que ver con lo que él preconizaba. Pero el problema es que quien mueve los hilos, al final, cuando pisa moqueta, deja el idealismo de lado. Mira el gobierno de coalición actual, que prometió que iba a eliminar la Ley Mordaza o la reforma laboral. Pero si modifican la ley laboral, vendrán los del Ibex y les dirán ‘pues vamos a dejar a 200.000 personas en la calle’. ¿De qué sirven las buenas intenciones si luego te vienen los poderosos por detrás y te dicen ‘hazlo, que verás la que te espera’?

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Un comentario en «José Pons: cuando dejar de soñar ya no es opción»

  • el 23 de junio de 2021 a las 15:52
    Enlace permanente

    José, han pasado cerca de 4 décadas, y es imposible que te acuerdes de mí. Pero fuiste profesor mío. Tú y también tu hermano.
    Conservo un libro tuyo que publicaste por los 80 junto con otros autores en el que hay una poesía tuya.
    Gracias

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