«Entonces era un pueblo de descampados, de jeringas tiradas en los parques y de  tribus urbanas» (Foto: Blog de César MB)


  • Por Luis R. Antona | Torrejón de Ardoz

Cuando me asomaba por la ventana del salón de mi casa, lo primero que veía frente a mí era una especie de ángel negro colgado de una pared. Si bajaba la mirada me topaba con una plaza rodeada de coches y con un parque en el centro. Pero no era precisamente una pradera en donde a un niño le apeteciese salir a correr o a dar un agradable paseo. No. Ese parque era un lugar sombrío, presidido por una pequeña fuente de agua supuestamente potable que permanentemente estaba rodeada de un asqueroso charco, de excrementos de perro y de moscas verdes.

Desde la mirada de un niño de apenas cuatro años en la década de los 80, ese lugar no estaba mal. Era un sitio como otro cualquiera. Incluso mejor que otros muchos. En mi plaza había inmensas cigüeñas sobrevolando permanentemente la torre de la Iglesia de San Juan Evangelista. Esa parroquia donde don Antonio y don Valentín eran auténticas instituciones. Las aves, y los ruidosísimos aviones de la base americana que rajaban los cristales de mi casa por la vibración eran, sin duda, los auténticos protagonistas del cielo de mi Torrejón. Porque esos gigantes de hierro provenientes de la base aérea americana formaban parte de nuestro día a día. Los inmensos aviones Jumbo de carga pasaban sobre la Plaza rozando las antenas de mi edificio. Y a mí me parecía divertido. ¡Cuántas veces no tenía que cortar la clase el profesor don Paco, de mi colegio JABY, porque el ruido de un avión nos impedía escuchar nada! Pero eso, para un niño pequeño, no tenía importancia.

También me parecían una buena excusa para jugar los socavones de la calle San Isidro y los de la de En Medio, que decidieron reasfaltar en un momento dado y que quedaron llenas de bultos.
Pero a mí me daba igual. Yo con mis soportales, junto a la ferretería Galeote, tenía suficiente. Me servían para jugar al fútbol con mi amigo Julio Medina y con Juanfran. Y allí pasábamos las horas, tras comernos el bocata de Nocilla (de la blanca) y de ver Barrio Sésamo, jugando al fútbol y emulando al Buitre o a Hugo Sánchez.

Torrejón era entonces un pueblo de descampados, de jeringas tiradas en los parques y de tribus urbanas. Eran tiempos de chavales con crestas de colores, de tipos vestidos de negro o de heavys a lo Barón Rojo. También de pijos a lo Hombres G, de un tal Michael Jackson metiéndonos el miedo en el cuerpo con su Thriller o de Steve Wonder cantando a una mujer de rojo. Yo escuchaba a mi hermana decir que los mayores iban a una discoteca que se llamaba Bogart. Pero yo era más de Plaza y de Microprix. O de la panadería de la esquina de la calle Medinaceli, que regentaba Ramiro, a la que mi madre me hacía ir cada mediodía cuando regresaba del cole a comprar “tres pistolas de pan”. “Mamá, no me apetece ir”, protestaba cada día, mientras veía los Pequeñecos en la tele de mi fría casa de una tercera planta, sobre la juguetería Cabuma de la Plaza Mayor.

¡Ay, Cabuma! Esa Encarni, que cada Navidad sacaba el mismo Rey Mago a tamaño real para que los niños de la zona echásemos las cartas en su interior. Y ese escaparate, con el Autocross que tantos años tardaron en traerme los Reyes Magos. Y esos villancicos desde el Ayuntamiento durante todo diciembre y parte de enero. Eso, para mí, era el paraíso en la Tierra.

Porque en Torrejón siempre se han vivido las tradiciones con intensidad. El torrejonero es pasional y siente sus colores. El Día de la Tortilla, los Carnavales, su Mercadillo del miércoles o el Día de llevarle flores a “nuestra Virgen” -como decía mi madre-.

También eran tiempos de manifestaciones, de “OTAN no, Bases fuera”, de “Solidaridad con Libia” o de la cantante Marisol encabezando manifestaciones del PCE. Más de una vez usábamos la ventana del salón de casa para ver los altercados entre manifestantes y la Policía en la Plaza. Quemaban contenedores, volcaban coches… y a mí eso me parecía algo curioso. Era una época en la que no era anormal ver a un yanki con un “loro” gigante pegado a la oreja con música funk a todo volumen por la calle de En Medio. O en la que un Ford Mustang granate y un Chrysler de 5 metros aparcaban frente a mi casa a diario.

Cuando tiraron abajo el parque de la Plaza Mayor y lo forraron todo con una especie de mármol blanco y traicionero (menudos resbalones me pegaba cuando llovía un poco), nuestro campo de fútbol se mudó de los arcos de los soportales al centro de la plaza. Muchos vecinos (y las lámparas de los soportales) se quedaron descansando por los pelotazos que atizábamos. Para entonces mi hermano empezó a introducirme un poco en el baloncesto. Pero teníamos que ir hasta las pistas de la piscina municipal para poder practicarlo. Si querías hacer deporte, lo tenías complicado. O recurrías a la bici con tu padre por el polígono o te tenías que ir a Las Veredillas a corretear.

Ese y mucho más era el Torrejón de mi infancia: el de la directora Gabi -del colegio JABY-, el del anciano Vicente que recogía cartones frente a mi casa, el de mi amigo Jorge (el hijo del banquero del banco de la esquina, en la que ahora hay una churrería). También el de mi madre asomada a la ventana despidiéndome con la mano mientras yo iba al cole por la calle San Isidro.

Más de tres décadas después, aquel pueblo ha cambiado un palo por una estación de autobuses, un centro decadente por calles peatonales llenas de vida y unos villancicos por la Navidad más brutal que un niño pueda vivir. Ha dejado de ser un pueblo para convertirse en una gran ciudad. Pero lo más importante es que, por encima de todas esas mejoras, de ese cambio radical, Torrejón de Ardoz conserva lo más importante: a los torrejoneros y su buen rollo ¡Y que nada nos lo quite!

PD: Por favor, cuidaos todos mucho en estos tiempos extraños.

PD2: Mira este artículo del Blog de César sobre la evolución de la Plaza Mayor de Torrejón. Es excelente

PD3: Disfruta de este vídeo creado por Gloria Udó con fotos de la Asociación Las Fotos de Torrejón


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