Residuos sólidos abandonados día tras día sin ningún tipo de control aparente convierten esta área natural en un lugar insalubre y peligroso (Foto: Luis R. Antona)


  • Luis R. Antona | Coslada

Muy cerca del barrio cosladeño de Ciudad 70, cruzando el parque San Pablo, la Avenida de Vicálvaro y la calle de Santiago, se alza un cerro donde crecen los almendros y corretean los conejos. El problema es que lo hacen entre todo tipo de escombros y residuos sólidos abandonados día tras día sin ningún tipo de control aparente, convirtiendo esta área natural en un vertedero ilegal insalubre y peligroso.

“Mira, esto no estaba ayer aquí”, exclama sorprendido un miembro de la Coordinadora Vecinal de Ciudad-70, señalando una montaña de maderas procedente, probablemente, de la reforma de alguna vivienda. La plataforma ciudadana, autodefinida como apolítica y cuyo objetivo es “velar y defender los intereses del barrio”, ha acompañado a Zona Henares en un recorrido en unas ocasiones desolador, en otras estremecedor y, en todo caso, marciano.

¿Todavía no nos sigues en Twitter?

La ruta, que vamos a intentar describir de la manera más fiel posible, bordea las viviendas de centenares de vecinos de Coslada y se ubica junto a una extensión de más de 765.000 metros cuadrados destinados al futuro Barrio de El Jarama. El recorrido lo hicimos el pasado viernes 5 de marzo, en torno a las 18 horas, y nos llevó cubrirlo algo más de dos horas.

Ruta descrita en este artículo (Imagen: Google Maps)

No todas las zonas donde este vertedero se extiende como un tumor entre la naturaleza pertenecen al municipio de Coslada. De hecho, sólo la primera parte del recorrido, y en torno a dos quintas partes del camino paralelo a la M-45, se encuentra dentro de los límites cosladeños. “El resto es competencia del Ayuntamiento de Madrid”, nos explica un miembro de la Coordinadora Vecinal, quien no obstante nos cuenta con preocupación que, “pertenezca a quien pertenezca, si esto arde nos lo comemos los vecinos de Coslada”.

El área dentro de las líneas rojas y grises pertenecen a Coslada. Fuera de ese perímetro, al Ayuntamiento de Madrid (Imagen: Coordinadora Ciudad-70)

No hace falta caminar mucho para que los residuos, en forma de tablones, mangueras de goma, maletas, colchones o sillones de oficina den la bienvenida al paseante.

Imagenes: Luis R. Antona

“Esto todavía es Coslada”, nos explican desde la Coordinadora, mientras nos señalan montañas de escombros que aún guardan la forma del volquete de un camión de grandes dimensiones.

En el margen derecho del camino, donde algunos cosladeños desafían a la porquería acompañados de sus perros o montados en bicicleta, se acumulan los primeros restos de tejados de amianto junto a sacos repletos de piedras y ladrillos.

“Mirad esos restos de una silla de madera clavados en la pared del cerro. ¡Hay que tener puntería!”, comenta sorprendida otra de las miembros de la Coordinadora, intentando entender cómo ha llegado ese escombro hasta ese punto. “Pero esto no es nada. Esta es la parte más light que nos vamos a encontrar”, nos advierte uno de nuestros guías improvisados, mientras nos pide que miremos una rueda de grandes dimensiones abandonada a su suerte. En ese punto, entre los restos vegetales acumulados tras la borrasca Filomena de hace un par de meses, y las casas bajas de algunos vecinos, comienza nuestra escalada por el camino de la vergüenza.

“Esto sigue siendo Coslada”, nos indican desde la Coordinadora, al tiempo que nuestra vista se centra en una pequeña montaña de bolsas de plástico repletas de restos vertidos, aparentemente, por los miembros de algún vivero. “Esta primera parte la han intentado limpiar, pero enseguida se vuelve a llenar de porquerías”, resalta otra de nuestras acompañantes.

Avanzamos por el camino de tierra paralelo a la M-45, entramos en la zona perteneciente a Madrid y, ¡oh, sorpresa!, nos encontramos con la primera broma pesada de la tarde. Un cartel clavado en la hierba, y rodeado de basura, advierte de la prohibición de “verter escombros: zona vigilada por cámaras de televisión”. Miramos a nuestro alrededor y nos preguntamos dónde se esconderán esas supuestas cámaras de televisión y, más aún, quién las controlará: “Debe ser alguien con muy mala vista”, ironiza uno de nuestros acompañantes, ante la evidente contradicción entre el cartel y el paisaje reinante.

Seguimos nuestra ruta del escombro y la cosa empieza a ponerse seria. Montañas de cristales rotos son sólo el prolegómeno de una auténtica riada de montañas de basura sólida de todo tipo. Nuestros cerebros, quizás en un intento de interpretar la realidad que les rodea, o quizás como mecanismo de defensa por la tristeza de lo que ven nuestros ojos, nos sugieren ideas del tipo “deberíamos montar un mercadillo de objetos inservibles con toda la porquería que hay aquí”. O bromeas o lloras. Así de claro.

Vemos restos de material de oficina, más maletas, ordenadores desguazados, más mangueras de goma, más ladrillos, persianas, más persianas, más restos del vivero, más volquetes de piedras, colchones, sofás desguazados, más cristales que cortan con solo verlos… “Menos mal que no me he traído a mi perro, porque aquí se corta las almohadillas de las patas”, lamenta otra de nuestras guías.

Seguimos nuestra ruta del horror y encontramos más restos de material de oficina, tacos de madera, palés, ladrillos, más mobiliario destrozado y… ¡sorpresa!: “Alguien ha renovado su restaurante chino”, comenta uno de los miembros de la expedición, señalando una montaña de farolillos rojos con ideogramas.

“Estos pedruscos no se traen con una furgonetita”, comenta entonces uno de los miembros de la Coordinadora Vecinal Ciudad-70, mientras mi mirada no puede evitar poner el foco en restos de materiales directamente cancerígenos.

En ese momento, me giro y visiono el trayecto que acabamos de dejar atrás. La imagen es de nudo en la garganta.

“Mirad, un conejito”, exclama en ese momento una de nuestras acompañantes, mientras vamos atravesando restos de juguetes viejos y electrodomésticos destripados.

Seguimos avanzando por el camino paralelo a la M-45 y vemos más restos de cristales y cochambre inclasificable hasta el final del camino, presidido por una rotonda que no se sabe muy bien qué es lo que pinta ahí.

“Venid por aquí, vamos a ver la guinda del pastel”, nos avisa una de nuestras guías. Esquivando la porquería, logramos adentrarnos en el cerro, intentando no cortarnos y agradeciendo la mascarilla. Entonces, nos encontramos con una siniestra colección de montañas de madera y plástico, estratégicamente amontonadas, combinadas con restos de basura calcinados.

“No es la primera ni la segunda vez que han tenido que venir aquí los bomberos”, aseguran los miembros de la Coordinadora.

Sin embargo, lo peor aún está por venir. Seguimos caminando y nos topamos de bruces con una montaña de tuberías de amianto, junto a algo parecido a los restos de un vehículo: “¡No toques eso, que es cancerígeno!”, le insta uno de los miembros de la coordinadora a otra de nuestras acompañantes.

Entonces, nos topamos con el siniestro colofón a nuestro desesperanzador recorrido. Preciosos almendros en flor pelean por hacerse sitio entre kilos y kilos de escoria abandonada por el ser humano.

En este momento se nos vienen a la mente aquellos días de confinamiento duro del 2020 cuando, mientras las personas estábamos encerradas en nuestras casas, pudimos comprobar como jabalíes, corzos o gatos se adueñaban de las plazas y las calles de nuestras ciudades. “Esta es la mejor muestra de que cuando el ser humano desaparezca de la faz de la Tierra, el mundo seguirá girando”, reflexiona uno de los miembros del grupo. Llega la noche. Nuestro desesperanzador viaje llega a su fin.


La Maleta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *